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Zarza de Pumareda |
Agonía de un gorrión |
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En un programa-concurso de televisión, el presentador le preguntaba al concursante si los gorriones eran animales domésticos o salvajes, la respuesta era la segunda de las dos posibles; pero ¿habría sido del todo incorrecto considerar como domésticos a estos pajarillos? ¿Desde cuándo conviven con nosotros? ¿Se puede uno imaginar una ciudad con sus parques sin gorriones? Y no digamos un pueblo, una aldea, cualquier caserío, establo, edificación, etc. Nacen, viven, se aparean, crían a sus hijos, envejecen y mueren; todo eso lo hacen entre nosotros, aprenden y se amoldan a nuestras costumbres y, por qué no decirlo, se aprovechan de nosotros y nuestra cercanía los defiende de sus predadores, en una palabra, forman ya parte imprescindible de nuestro paisaje urbano. Construyen sus nidos en nuestros tejados, en los agujeros de las paredes de nuestras casas, en los árboles cercanos, en los aleros, en las torres de nuestras iglesias, ¿en dónde no? Pensando en estas cosas, aparentemente tan superfluas, observaba cierto día, cómo una pareja de gorriones construía su nido en el interior de una caja distribuidora de corriente eléctrica, colocada junto a la puerta de una vivienda abandonada; en cada visita, los pajarillos portaban en sus picos pajillas, algodones, musgos, hilos, muchos hilos, lanillas y toda una gama de materiales de lo más variopinto y extraño que uno pueda imaginar, cualquier cosa era buena para conseguir la comodidad y la temperatura adecuada para la crianza y normal desarrollo de las frágiles e indefensas avecillas, que sin duda muy pronto ocuparían ese reducido habitáculo que con tanto afán y empeño, construían sus progenitores. Cuando después de unos días de ausencia, me acerqué por curiosidad a observar el nido que ya debería haber sido terminado o incluso cobijar crías en su interior, cuán grande fue mí sorpresa cuando vi que colgado del nido y mecido por el viento, pendía uno de aquellos gorriones que pocos días atrás había visto con cuánto afán lo construía junto con su pareja; en unos instantes toda la energía desplegada, todo el apresuramiento por seguir el mandato de su instinto por la procreación, en definitiva por la vida y la continuación de la especie, se había evaporado; solo fue necesario para ello que se diera una de esas fatalidades tan sencillas o incomprensibles, pero a la vez tan trágicamente definitivas como es el caso, para perder la propia vida y tal vez la de su nidada, como que al salir precipitadamente de su nido, uno o varios hilos y lanillas, de aquellos que había encontrado en cualquier rincón de cualquier solana, donde las mujeres cosen en los atardeceres o llevados por el viento junto a cualquier muro, se enroscara en las uñas de sus patitas y todos sus bruscos movimientos para soltarse resultaron inútiles; siendo así que cuanto más violentos eran más se apretaban los nudos y como consecuencia de ello más inevitable era su muerte, una muerte triste, una muerte lenta, una muerte dolorosa; pero muerte al fin. Todo esto me hizo pensar que, además de vivir, también los gorriones mueren entre nosotros y la prueba está en que en este mismo instante, todavía puedo observar el movimiento pendular del cuerpecillo del gorrión, o lo que aún queda de él, acariciado por el viento, pendiente aún de su nido, atrapadas todavía sus patitas por los hilos que él mismo había transportado en su fuerte pico para su construcción.
Zarza de Pumareda, 3 de Agosto de 2.007
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